España. 2009. Una oficina de un organismo oficial. Un empleado atiende una ventanilla ante la cual hay una cola de personas esperando. Al fondo, en la pared, un retrato del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
EMPLEADO. ¿En qué te puedo atender?
MOHAMED. Vengo a preguntar por el contrato de integración. ¿Es verdad que tengo que firmarlo para quedarme en España?
EMPLEADO. ¿Qué nacionalidad tienes?
MOHAMED. Marroquí.
EMPLEADO. Entonces sí, tienes que rellenar estos impresos.
MOHAMED. ¿Y es cierto que tendré que ir a clases de español?
EMPLEADO. Sí, es obligatorio ir a clase y pasar un examen.
MOHAMED. Pero es que yo ya hablo español.
EMPLEADO. A mi no me lo cuentes, díselo a los examinadores.
MOHAMED. ¿Y es verdad que tengo que adaptarme a las costumbres?
EMPLEADO. Sí, está todo ahí en los impresos.
MOHAMED. ¿Y entonces no puedo celebrar el Ramadán? ¿Tendré que celebrar la Semana Santa?
EMPLEADO. Haz el favor de leer los impresos y los traes cuando los tengas firmados. A ver, ¡el siguiente!
MARIO. Yo también vengo a preguntar por el contrato de integración.
EMPLEADO. Pues ya lo has oido, aquí tienes los impresos.
MARIO. Mirá, no veo claro lo de estudiar español. Yo soy argentino. No tendré que comprometerme a estudiar español, ¿verdad?
EMPLEADO. Oiga, leáse la ley, yo no tengo la culpa. Aquí todo el mundo tiene que firmar el contrato si no quiere que le echen.
MARIO. Pero yo tengo una licenciatura homologada en España. ¿Cómo voy a firmar a estas alturas que me comprometo a estudiar español?
EMPLEADO. Vale, vale, yo no hago las leyes. ¡El siguiente!
ABDULLÁ. Vengo a preguntar si mi jefe tiene que firmar también el contrato ese.
EMPLEADO. A ver, ¿quién es tu jefe?
ABDULLÁ. Abdul Aziz bin Abdul Rahman bin Muhammad bin Saud, príncipe de Arabia, que tiene intención de quedarse a vivir en su palacio de Marbella.
EMPLEADO. ¡Ah, perdone! Por supuesto que no, no tiene que firmar ningún contrato.