Venimos diciendo que, pese a los varapalos electorales, el proyecto de IU debe seguir adelante porque sigue vigente.

¿Estamos seguros de esto? ¿Estamos seguros de cuál es nuestro proyecto?

Creo que hubo un proyecto bastante claro que surgió en 1986, que se plasmó en su manifiesto fundacional, y que fue el que nos unió a mucha gente en una misma organización (y que llegó a ilusionar a casi tres millones de votantes en nuestros mejores tiempos). Entonces se decían cosas como las siguientes:

"El desvanecimiento del proyecto de cambio, como consecuencia de la actitud centrista del Gobierno del PSOE en lo económico y su derechización en todo lo referente a la política exterior y de defensa, plantea a todas las fuerzas progresistas de España la necesidad de buscar las bases de convergencia"; "La formación de esa plataforma electoral es, pues, una ineludible necesidad para recuperar la esperanza que subyace en los anhelos de tantos españoles que se pronuncian por la paz y la neutralidad, el trabajo para todos, y la consagración, en definitiva, de una democracia avanzada sin espacios excluidos a la soberanía popular; y en la cual la participación cotidiana constituya un elemento significativo en paralelo a las consultas electorales. La formación de la plataforma electoral se corresponde asimismo con el sentimiento de que somos muchos los que coincidimos en las tradiciones renovadas del movimiento obrero, los planteamientos emergentes de carácter ecologista, el progresismo económico y para la participación política, y la necesidad de rescatar lo que es una visión moderna de un socialismo democrático".

Este proyecto es de hace veintidós años; probablemente esté agotado, probablemente ha de ser sustituido por otro adaptado al presente, que mantenga lo esencial pero introduzca un análisis válido para los próximos años. Han pasado veintidós años, muchos años, en los cuales hemos ido elaborando miles y miles de folios de ideas, propuestas y programas electorales, pero dudo mucho de que hoy, como entonces, seamos capaces de formular en dos o tres folios las ideas centrales de cual debe ser nuestro proyecto. No soy optimista sobre que la Asamblea Federal que, en mi opinión, está precipitadamente convocada sea capaz de hacerlo. La experiencia de otras Asambleas al respecto me lleva a no confiar en que suceda. En el proceso de preparación de esas Asambleas hemos redactado montañas de papeles; documentos larguísimos y farragosos que van incorporando cada vez más y más enmiendas de adición (casi nunca de supresión) de las asambleas locales y autonómicas. Luego, al abrirse la Asamblea en Madrid, se proporciona a cada delegado un voluminoso tocho con todas las enmiendas que han obtenido el pase al debate (que son casi todas) y que nadie tiene tiempo de leer porque se empiezan a votar enseguida. Los debates son seguidos por una minoría de los delegados porque la mayoría está conspirando por los pasillos para el reparto de puestos en los órganos. El tiempo se echa encima, no hay manera de debatir y votarlo todo pese a la minoría de delegados que sigue en pie de madrugada enfrentándose a los cientos de enmiendas. Se acaba el debate de cualquier manera, porque hay un horario y hay que pasar a la fase de votar las candidaturas. Se aceptan por aclamación y aburrimiento la mayoría de las enmiendas para contentar a todos, aunque digan cosas contradictorias entre ellas, aunque unas propongan adiciones a párrafos que en otras también aprobadas han desaparecido. El resultado son unos documentos sin pies ni cabeza, una suma de incoherencias que en realidad nadie criticará porque ni siquiera se llega a publicar nunca el texto final aprobado (más nos vale, el sonrojo se queda en casa). Y se pasa a lo que importa, al navajeo entre las distintas facciones para ocupar la correspondiente parcela de poder desde la que disfrutar durante los cuatro años siguientes el eterno enfrentamiento que ocupa todas nuestras energías y nos impide trabajar en lo que debiéramos.

Y como no sabemos qué es lo que hemos aprobado en la Asamblea Federal, o mejor dicho, todos podemos decir que se han aprobado las posturas que llevábamos, en realidad no sabemos si seguimos compartiendo un proyecto político además de una organización.

Vista nuestra tradición de constante guerra interna, no sé si realmente todos compartimos el mismo proyecto, como lo compartíamos hace veintidós años. A lo mejor hay dos, o tres, o cuatro proyectos diferentes. No estaría de más que nos aclaremos; debatamos de ello, en vez de sobre quién tiene la culpa de nuestra situación (el sistema electoral, el coordinador general, la mayoría, la minoría, el aparato, los unos o los otros). Para ello sobra la montaña de papel de otras Asambleas. Por favor, a la Comisión Unitaria se lo sugiero: un nuevo proyecto, un nuevo manifiesto, debate claro e ideas claras en máximo tres folios. Y si no somos capaces, si no tenemos ese proyecto común, apaga y vámonos.


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