A los problemas que he venido comentando contribuye, no sé si decisivamente o no, pero contribuye nuestro elevado grado de desorganización, a la que debiéramos poner remedio con una reforma profunda, total, de nuestros estatutos y nuestras estructuras.
Nuestros estatutos federales padecen similar mal que nuestros documentos políticos. Son largos y farragosos, llenos de declaraciones ampulosas y de generalidades, pero a la hora de la verdad llenos de lagunas, cada vez que hay un problema no dan una solución, no dan ninguna o dan demasiadas, y todo queda a la libre interpretación de la mayoría o del órgano que tenga que decidir.
Nacimos como coalición; luego nos convertimos en movimiento político y social (qué no sabemos muy bien qué es); a ratos hemos tratado de funcionar como un partido político. Me temo que de momento hemos conseguido que nuestros estatutos hayan recogido lo peor de cada una de estas fórmulas organizativas, y casi nada de lo bueno.
Claro que estos nefastos estatutos casan muy bien con la cultura de desorganización que practicamos. No sé si es debido al tradicional desdén ibérico por la ley; por las influencias libertarias que forman parte de nuestra herencia ideológica; o por la típica sospecha marxista sobre el papel de toda superestructura incluyendo la jurídica, pero en pocos sitios he visto tanto desprecio por las normas, aunque sean las nuestras.
1. ¿Somos federalistas?
Es un lugar común, pero es irremediable repetirlo. Si somos federalistas, si tenemos una organización federal, debiera notarse un poco más. Por ejemplo, en constituir una organización con 19 federaciones (17 CCAA y 2 ciudades autónomas) con igualdad de derechos y deberes. Lo de que haya federaciones que por tradición o porque sí se declaran soberanas nos lleva a la confederación. Una organización federal debiera tener perfectamente delimitado lo que corresponde a los órganos federales (esos mínimos que deben dar coherencia al conjunto), y lo que corresponde a las federaciones. Y una vez delimitado, todos a acatar lo que se decide en cada ámbito.
Y como somos federalistas y pedimos la reforma constitucional para que el Senado sea una cámara de representación territorial donde estén presentes las CCAA, pues a dar ejemplo. ¿Dónde está nuestro Senado? Debiéramos tener un órgano federal donde estuvieran representadas las federaciones con algún poder decisorio; no esa inútil Comisión Federal de Coordinadores que tenemos en los estatutos como órgano consultivo.
2. Menos órganos y más organización.
Northcote Parkinson, autor de la "ley de Parkinson" en virtud de la cual todos los órganos de la Administración tienden a crecer indefinidamente aunque no tengan más trabajo que hacer (pero no sólo pasa en la Administración, y ahí estamos nosotros para demostrarlo), ya explicó que la cantidad razonable de miembros de un órgano colegiado para que funcione está entre cinco y diez. Sin embargo, los órganos colegiados tienden también a crecer porque, por diversas razones, hay que ir incorporando a más gente que exige estar presente. Según adquieren un tamaño excesivo para que puedan tomar decisiones, se convierten en órganos deliberantes junto a los cuales surgen otros más reducidos que son los que de verdad deciden.
Allá por 1986 empezamos con un Consejo Político de 15 miembros y un Presidente. Luego se decidió que la presidencia tenía que ser colegiada, y que había que ir incorporando más gente al Consejo Político. Según fueron engordando los dos, fue necesario crear una Comisión Permanente que no ha dejado de crecer. Ahora mismo y según nuestra web tiene 36 miembros (cuando los estatutos hablan de entre 10 y 15), de los cuales nada menos que 26 tienen atribuida alguna responsabilidad, la mayoría con nombres muy rimbombantes y dudoso contenido. Suena mucho al ejército de Pancho Villa, muchos generales y pocos sargentos. Ni que decir tiene que eso no es una permanente, ni un órgano ejecutivo. Ahí ni se toman las decisiones ni se dirige la organización (no se sabe muy bien desde dónde se hace). Y qué decir del carácter "ejecutivo" de la "Presidencia Ejecutiva Federal"; son solamente 71 personas. Y luego tenemos al Consejo Político Federal con 150 miembros
En todos estos órganos están representadas más o menos las mismas facciones y se repiten los mismos debates. Mucha deliberación, poca dirección, toda la energía se va en despellejarnos unos a otros.
Ahora, para mejorar aún más el panorama, hemos creado otro órgano: la Comisión Unitaria con 18 miembros a los cuales quizás se unan 4 más de la juventud. Bienvenida sea. La tarea más urgente es analizar quiénes se pueden sentir excluidos e incorporar cuanto antes nuevos miembros que aseguren la pluralidad, la participación, la transparencia, la federalidad, la unidad, la cohesión, la elaboración colectiva, el consenso y todos los demás principios recogidos en nuestros estatutos. Entre los cuales no está el de eficacia.
3. Lealtad.
Suponiendo que lleguemos algún día a contar con una organización organizada, habrá que buscar los medios para crear lo más difícil: una cultura interna de lealtad con el proyecto y con la organización. Donde quepa la crítica a los órganos, pero no la descalificación sistemática cuando se pierden las votaciones. Donde se denuncien errores, no traiciones y desviaciones. Donde haya pluralidad, pero no sectarismo. Donde haya liderazgo, sin necesidad de que sea carismático ni haya culto al líder, pero con respeto a quienes asuman responsabilidades. Donde haya debate, pero no enfrentamiento. Donde se tenga claro que el enemigo está fuera; que los de dentro son compañeros.
Todo esto exigiría un proceso de re-organización profunda; que me temo que no vamos a hacer en tres meses. Preferiría decir un proceso de re-fundación, si no fuera porque esta palabra está ya desgastada de tanto proclamarla para que todo siga igual.
Más escritos en mi web: http://webs.ono.com/mizubel
Más blogs en: http://www.iloveiu.org