Rajoy tiene un problema. Durante años ha jugado a lo mismo que todo el PP; a mantener un discurso extremista, de intransigencia ("firmeza", dirían algunos), prietas las filas, con un caudillismo que penalizaba toda desviación del mensaje único del todo vale contra el enemigo (que era el resto del mundo).

El más pequeño atisbo de que Rajoy quería suavizar un poco el discurso le ha costado la rebelión interna. Acostumbrados a competir por quién era más duro, ya no pueden dar marcha atrás. Donde se ha cultivado la cultura de la intolerancia pasa lo que pasa; cualquier atisbo de cambio se toma por debilidad y revisionismo.

De aquellos polvos...